Relatos
Siempre quise trepar árboles
Publicado el 30 de August, 2025
Un recuerdo de infancia, la arboleda porteña y el origen de este proyecto.
De chico quería trepar. Me encantaba subirme a los techos, a los monumentos. Vivía cerca de la Plaza del Congreso y, en ese momento, no había rejas. Por la noche estaban las aguas danzantes, y yo vivía subiéndome al monumento de la plaza. Cada vez que pasaba, también me subía al de Güemes, otro de mis favoritos.
En mi casa me trepaba por los marcos de las puertas: estiraba las piernas, una de cada lado, e iba subiendo. Usaba las puertas como hamacas, me paraba en el picaporte y me balanceaba. Mi abuela me decía que era un gato. Amaba trepar, y donde más me gustaba subir era a los árboles.
Los miraba desde abajo y visualizaba los movimientos que tenía que hacer: qué rama pisar, de dónde colgarme, qué usar como escalón. A veces llegaba a la copa; otras, hasta alguna parte del árbol que se flexionaba con el viento. Ahí me sentía en casa, en libertad, seguro.
Imaginaba cómo podía construir una casa en el árbol. Nunca llegué a hacerlo, más allá de una base que armé en un viejo gomero: até unos tronquitos e hice algo así como un pequeño muelle, pero no mucho más.
Me encantaba cuando lograba llegar arriba, sacar la cabeza por encima de la copa y ver todo desde otro lugar.
Treparme a un árbol frutal y comer la fruta ahí mismo: limoneros, naranjos, mandarinos, manzanos. Visitábamos mucho una casa en San Martín donde había un árbol de palta, de las verdes. En ese momento no se sabía mucho de las paltas, todavía no habían llegado las Hass. Desde ese paltero, con un poco de sal, comía mientras miraba los patios de todas las casas vecinas.
Cuando viajaba o nos íbamos de vacaciones, ya iba pensando a qué árboles me podía subir. Me picaron hormigas, arañas, abejas, avispas, camoatis… gajes del oficio.
Los árboles siempre me generaron una fascinación particular. Ni hablar de conocer la semilla de un árbol: la magia de que en algo tan pequeño haya, en potencia, metros y metros de vida. Saber que hay árboles con miles de años, que fueron testigos de tantas historias.
Tenía un visor de fotos 3D, de esos en los que ponías un cartón con una imagen duplicada y se generaba el efecto. Tenía una foto de una secuoya. No me entraba en la cabeza el tamaño de esa monstruosidad. O conocer los baobabs… ¿cómo puede ser tan bello un árbol?
Buenos Aires, vista desde los árboles
Estoy lejos de conocer las arboledas del mundo. Pero así como la 9 de Julio es la avenida más ancha y Rivadavia la más larga, me animo a decir, desde este humilde lugar, que la arboleda de la ciudad de Buenos Aires es de las más lindas del mundo.
En todas sus estaciones. En esos túneles verdes que se forman en algunas calles, como bosques urbanos. En los colores de sus jacarandás y lapachos. En su variedad, a veces exótica. En sus árboles históricos: el ombú de Recoleta, los gomeros que levantan veredas, los plátanos que nos llenan de alergias, los arces, los frutales escondidos por toda la ciudad.
Amo la ciudad de Buenos Aires y su arboleda.
Este sitio es mi pequeño homenaje.
Porque todavía, cada vez que paso por uno, hay una parte mía que mira hacia arriba… y calcula por dónde subir.